jueves, 3 de agosto de 2017

Una canadiense en el Paso Noroeste.

Durante siglos el Paso Noroeste obsesionó a los exploradores europeos. Se les antojaba una forma rápida y cómoda de acceder a las riquezas de Asia. Pero Roald Admunsen no logró atravesarlo hasta 1903. E incluso después si no tenías un rompehielos de propulsión nuclear era una ruta de comunicación cerrada. Ahora, con el deshielo provocado por el cambio climático, las grandes corporaciones han fijado sus ojos en el subsuelo debajo del permafrost para extraer sus valiosas materias primas.
Cuando a la escritora canadiense Kathleen Winter le ofrecieron unirse a una expedición científica para visitar la región, no se lo pensó dos veces. Es la autora del libro SURCANDO LA TIERRA Y LOS SUEÑOS EN UN NUEVO PASO DEL NOROESTE.

¿Por qué tanta fascinación por el Paso del Noroeste, Kathleen?

Primero tiene el romanticismo de que es un territorio inmenso que ha cambiado muy poco desde las expediciones polares de finales del siglo XIX y principios del XX. También es la tierra de los osos polares, los mamíferos carnívoros más grandes del mundo. Allí puedes ver las auroras boreales. Y están las comunidades de los cazadores inuits.

Cuando sobrevolabas Groenlandia el piloto dijo que allá abajo no había naa pero tú descubriste que esa nada estaba llena de contenido. Describe la experiencia.

Allí están todas las cosas que dejaron a su paso las pocas personas que se aventuran por Groenlandia. Si ves un trozo de hueso afilado te preguntas si lo usó un cazador inuit para curtir las pieles o uno de los hombres de Peary. Todo está tal como se dejó hace 10 o 20 años, sin demasiada corrosión. También está la luz, los animales y el ambiente.

Háblanos de la ceremonia del fuego, Kathleen.

Los inuits iluminan los iglús con una llama de aceite de roca con una mecha de material vegetal. La llama es suave, apenas se ve, pero ilumina tanto como una bombilla y proporciona mucho calor. Los inuits encienden el fuego con gran ceremonial para dar la bienvenida a los recién llegados.

Aaju, una mujer inuit, aprovechó el viaje para dejar Groenlandia y viajar al ártico canadiense con vosotros. Sin embargo, esas comunidades tienen gravesproblemas sociales y de adaptación con los blancos canadienses. ¿Cuál es el problema de Groenlandia?

Básicamente que en Groenlandia tienes que vender tu caza a cambo de unos vales. Los vales los gastas en un supermercado donde hay comida basura a un precio exorbitante. En cambio en Canadá la gente comparte la caza. Es un sistema más sostenible y respetuoso con el medio ambiente que cualquier osa que pueda inventar el Gobierno de Dinamarca. Aaju nos dijo que no volvería a Groenlandia y cuando nos lo explicó, lo comprendimos.

Tuvisteis un encuentro con un oso polar en la Isla de Beechey, en la península de Baffin. Que por cierto es donde la tripulación de sir John Franklin enterró sus primeros muertos.

La isla de Beechey es un lugar muy triste. Despide ese aura. Las tumbas, la escasa vegetación, las rocas de piedra caliza... Aaju y un grupo de inuits formaban un perímetro de armas mientras explorábamos lugares inexplorados. Desde el barco nos informaron que un oso polar macho se acercaba en línea recta hacia nosotros. Teníamos que embarcar.
Aaju se interpuso entre el oso y nosotros, bajó el cañón del arma y empezó a cantar. El oso reculó, pero no se separó mucho. Aaju retrocedió hasta las zodiacs. Cuando le pregunté qué le había cantado al oso dijo: Le decía que ese era su lugar, no el nuestro. Que no queríamos hacerle daño y que ya nos íbamos".

También tuviste una experiencia de naufragio.

Sí; ibamos a sentarnos a cenar cuando se escucho un crujido. En el puente tardaron un minuto en detener la embarcación y aún así escoramos 6 grados. Sonaron las bocinas de alarma y nos dirigimos a los botes salvavidas, donde nos pusimos los chalecos salvavidas. Al cabo de unas horas pudimos volver a bordo, porque no había daños irresolubles. Pero la expedición había acabado.
La Guardia Costera tardó tres días en rescatarnos y evacuarnos. Tuvimos suerte. No me imagino flotando en un bote o tratando de esperar la ayuda en una de las islas cercanas. Pero sir John Franklin no tuvo tanta suerte. 

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