domingo, 16 de julio de 2017

BABY DRIVER.


Esta cinta de acción nos lleva a una premisa bastante novedosa en las cintas de persecuciones de coches. Primero, está rodada en Atlanta, por lo que los fondos de escenario parecerán distintos y nuevos a los que ya están hartos de Las Vegas, Los Ángeles o San Francisco.
Lo otro de la película es que le quita el glamour a esto de robar bancos y estafetas de correos. Los mafiosos son un grupo de manirrotos que creen que los demás mafiosos sobran, y que están en esto por el dinero y la adrenalina. Baby Driver,no. Robó un coche cargado del dinero de un capo interpretado por Kevin Spacey, y ahora tiene que devolverlo haciendo pequeños servicios como conductor en atracos. Los atracadores cambian. Baby, no.
Cuando Baby cree - porque se lo ha dicho el capo - que ha saldado la cuenta, le ofrecen unirse al mundo del hampa. Baby se ha enamorado de una camarera llamada Deborah, tiene un empleo como repartidor de pizzas, quiere que lo dejen en paz. Pero son los mafiosos, con sus desconfianzas patológicas, con su amores a hembras, no a mujeres reales, y el hecho de tener que conducir para el grupo más sanguinario y menos complementado al que Baby haya tenido que hacer frente los que disparan la trama.
Otra de las premisas de la cinta es la música. Lo que hace que Baby sea tan especial para Deborah es que es una persona que se acompasa al ritmo de la música. Conduce tan rápido como lo siente. Tiene acúfenos y la música, además de un vínculo con una madre cantante fallecida en un accidente, le permite interactuar con el mundo que lo rodea, sentir más que los demás. También tiene una tendencia a proteger a los ciudadanos honrados, un grupo al que Baby siente que ya no pertenece, de las peores inclinaciones de sus pasajeros.

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